sábado, 15 de noviembre de 2014

SOL DE PIEDRA O ¿PIEDRA DE SOL?

Este sol clausuró
su doble cielo silencioso.

Viene la noche a rodearte
y late, carnal y escondida,
una promesa blanca.

Una mitología nueva
ocupa el mundo con oscuras flores,
con bóvedas multiplicadas
donde las voces se complican
y se hacen piedra entre la sombra.


viernes, 14 de noviembre de 2014

AGUAS Y SOMBRA


Las barcas se hunden en un horizonte que se aleja y está por cerrarse, en la derrota amarilla de la luz. Estoy con David en la playa, en nuestra playa, y aún se puede escuchar la frescura de las risas en un raro atardecer veraniego de diciembre. La noche es como una pantera inconcebible o metafísica que se acercara con cautela, pisando cúmulos de esmeraldas vegetales. Dura en su inocencia fácil, sin leyes ni moral, lo muerde y lo devora todo en un banquete de fiebre. Nada me deja el día sino este placer caliente de la luz en los hombros, el sol que estuvo aquí juntando y levantando sombras que se van quedando frías.
Vuelan aún las andoriñas en el aire final de un verano invicto. Entre un cuerpo y otro, ahora quizá sería posible olvidar la mañana que vendrá, las nubes que suben o bajan con la marea, teñidas de un rojo sangre casi morado. En este reino de adelfas blancas, hasta los muros parecen de carne, todo en flor: la brisa negra, las dispersas sombras, el mundo que gira entre flamboyanes, siempre en la misma dirección, hasta dejarnos solos con el deseo, otra vez. ¿Se aprende así el oficio del ahogado?













jueves, 13 de noviembre de 2014

PARA QUE TODO OCUPE SU DESTINO

Empezaron otros pero, igual que ellos, confiamos en que la huida, arrancar de cuajo la nostalgia y aprender una nueva lengua, sería la válvula de escape perfecta para ofrecerle una última oportunidad a lo nuestro, tuviéramos lo que tuviéramos. Pocos minutos después de bajarnos del barco y dejar atrás el puerto, caminamos por la ciudad mientras mirábamos a toda aquella gente como huyendo de nuestra huida, como buscando abandonar lo que nosotros ahora estábamos abrazando con toda la fuerza que nos quedaba. Cada cosa era común y desconocida, antiquísima y nueva para cada uno.
Los extranjeros nos permitían ser nosotros mismos: extranjeros. Nunca íbamos a estar más íntimamente ligados que con esta distancia, con este alejamiento que nos hacía remotos, también para nosotros mismos. Empezamos a hablar con palabras distintas y, por ello, a pensar como si fuéramos otros. Quizá las cicatrices interiores se borran un día por completo.
Pasaron las semanas y empezábamos a amar aquel lugar. Volvimos a ir a las playas, y nos bañábamos hasta que caía la noche entre adolescentes flexibles que brillaban al sol como un oro desenterrado. Parecíamos niños que aprendían a balbucear, a reconocer la delicadeza de la ternura como quien dispone de un margen amplio para los asuntos del placer. Con acentos nuevos, nos hablábamos en un lenguaje más cercano a la intimidad y a las emociones, sin temor ni espacio para el fingimiento: nuestras palabras eran ahora como superficies sobre las que nunca se había insinuado el polvo.
En realidad, ¿para qué engañarnos? No tuvimos tanta suerte. Como un polizón, en nuestro barco también viajaba el tiempo, contando cada paso y anotándolo todo en la resta que era nuestra vida, mientras nosotros pensábamos que esa vida se iba alejando y deshaciendo en la estela que iba dejando el barco. Todos los lenguajes se pudren, con el tiempo todos llegan a corromperse. Un día nada parecía ya tan puro, y hubo un comentario poco afortunado; no sé, un desencuentro, un malentendido que significó el comienzo de la ruina.
No quedó más remedio, para no seguir haciéndonos daño, que distanciarnos y tratar de olvidar que una vez habíamos hecho miles de planes para una vida en común, ahora deshecha por la rutina que manchaba todos los lugares. Hoy ando solo, distraído por las calles menos transitadas. Ya sabes que no logro asentarme en ningún sitio y volví a huir, arrastrado por un deseo de aventura y novedades. Siempre he tenido planes y billetes de avión en el bolsillo, papeles que me identifiquen donde no haya estado nunca, mientras todo lo conocido me iba olvidando poco a poco. No es fácil vivir despidiéndose, ser un amante que siempre fracasa.
Sé que volveremos a vernos, no sé cuándo, siempre con nombres distintos y el cuerpo tatuado, lleno de escalas, de fechas y fronteras, de capitales y accidentes geográficas, como el mapa de una isla que promete una riqueza solo válida en un país destruido, lleno de extranjeros que solo escapan de sí mismos.


lunes, 10 de noviembre de 2014

UNA PRUEBA DEFINITIVA


Todo ha ocurrido como estaba previsto. ¿Cómo estaba previsto?, ¿qué quieres decir con eso? Es decir, todos lloraron mucho, estaban verdaderamente tristes. Nadie entendía qué había pasado. Las coronas de flores se amontonaban en la iglesia y sobre el coche fúnebre. La muchacha estaba tan rígida, tan pálida, tan difunta... de veras, y siendo tan joven. Tan quieta, llevaba tantas horas inmóvil, vigilada por tantos ojos familiares que la habían visto crecer, decir las primeras palabras, aprender a montar en bicicleta,... en fin, una gran pena. El tiempo siempre pasa lento en los entierros, como si alguien retrasara el reloj. El padre lloraba a lágrima viva, con los ojos enrojecidos. La madre no dejaba de lamentarse. La abuela, con el gesto contrahecho y el pelo completamente blanco, como si hubiese envejecido veinte años de golpe. Una tragedia, una verdadera tragedia griega. Todo había ocurrido después de la última crisis. Forrados de negro, una mueca fea en el rostro. Ella impasible, sin moverse. Te lo prometo: cuando le cogieron las manos por última vez y se las juntaron sobre el pecho, nadie se dio cuenta que aquel corazón, aunque débil, seguía latiendo... ¿Cuándo crees que empezará a gritar? No lo sé ni me importa, pero te lo advierto: sin sentimentalismos. Solo la sacaremos cuando todo haya acabado de verdad. Entonces será más fácil comérsela.
















sábado, 8 de noviembre de 2014

CARTA DE DESPEDIDA A WOODY ALLEN

Dear Woody,

lo siento, nunca sospeché que esto fuera a ocurrir; pero ya no lo soporto más. Estos últimos años han sido difíciles y le he dado muchas vueltas a lo que voy a decirte. No niego que ha habido momento estupendos: cuando apareció Match point (2005) creí que todo volvería a ser como antes, que nada había cambiado y que recuperábamos la pasión; pero solo me engañaba a mí mismo tratando, por comodidad o una parasitaria y vaga melancolía, de no cambiar el rumbo, de dejarlo todo igual, conformarme y seguir aceptando las migajas de lo que había sido un amor grande y bueno, real, intenso, como en las grandes cintas del cine clásico. Tuvimos nuestro mejor momento a finales de los setenta y durante una década enterita en los ochenta; pero, como te estaba diciendo, justo después de Match point (2005), que me fascinó pese a tu obsesión (incomprensible para mí) con Scarlett Johansson, regresaste para enseñarme Scoop (2006), El sueño de Casandra (2007) y, sobre todo, Vicky, Cristina, Barcelona (2008), y eso, como no podía ser de otra forma (¡qué engolada esta expresión!), acabó con todo; esa fue una especie de trilogía de la muerte que me llevó al más fatal desencanto. Entonces me di cuenta (¡anagnórisis!) que cualquier esfuerzo de reconciliación era inútil y que la época de Manhattan (1979), Annie Hall (1977), Interiores (1978), Zelig (1983), La rosa púrpura de El Cairo (1985)... había pasado a mejor vida. Espero que estés bien y sé que te irá estupendamente. Creo que esta separación es lo mejor para los dos. Ojalá no me equivoque y así no tenga que arrepentirme luego para salir corriendo tras de ti, cuando no quede tiempo para el perdón, la confesión o una nueva cita. Ahora te digo adiós, pero con cariño, como antes, recordando los buenos tiempos, los mejores años que pasamos juntos, como si me sentara contigo de nuevo a ver la belleza del Puente de Brooklyn antes de amanecer y después de comernos un perrito caliente. Ya sabes que te admiro mucho y te quise, eso, lo digo esperanzado, no cambiará pese a los últimos desencuentros. Afectuosamente, Emil.


martes, 4 de noviembre de 2014

I CAN ONLY SAY THERE WE HAVE BEEN

Gordon Davies es inglés, pero su madre se llama Tika y es francesa, de Tours. Tika es una viejita grande y oronda, rugosa, morena y siempre risueña, que acaricia constantemente y mima a su gato, blanco como un armiño o la nieve que aquí no existe. Gordon es cincuentón, con gafas de pasta, parcialmente calvo, y regenta un pequeño bar en una zona deprimida y vagamente turística del sur de Tenerife. No tengo duda de que madre e hijo se adoran y se detestan intensamente. Antes, este bar que ahora abre y cierra Gordon, lo llevaban unos uruguayos alegres y festivos que casi desfilaban por la calle cuando su selección ganaba algún partido, y, como todo uruguayo de pro, detestaban que los confundieran con argentinos. Creo que este es el primer año de Gordon por aquí, y ya ha conseguido fidelizar a una clientela plural de franceses, italianos y alemanes de nostalgia nula y abundantes alcoholes.
Por las mañanas forman un cónclave de lagartos curiosos, expuestos al sol del sur como fieras saludables pese a los muchos vicios heredados o adquiridos en propiedad. Se lisonjean, discuten, beben cerveza o vino blanco y fuman siempre, como si echaran de menos la niebla del centro de Europa. Antes trabajaba en el bar un muchacho menudo y delgado, pálido como un folio, llamado Dino, que hablaba conmigo de fútbol y corregía mi italiano medieval. Luego Dino se fue y vino Jocelyn, y después una florentina que —cansada de ver el Arno— ya nada le parecía hermoso. Ahora Gordon, tras muchos camareros frustrados, se ha quedado solo con una italiana de mediana edad que se parece levemente a su madre, y con las flores indiferentes que rodean su negocio. Hace un tiempo que Gordon viste siempre de negro, como si le guardara fidelidad a una pena clandestina, a una tristeza secreta. Hace mucho que Tika no ha vuelto por el local con su gato.
Cuando ha pasado de largo el mediodía y cae la tarde, los habituales abandonan sus mesas y de noche llegan tipos extraños, que beben hasta caerse y codician cualquier otro lugar del mundo menos aquel donde puedan encontrarse. Ya he memorizado los vinos y los whiskies de Gordon, aunque muchas noches escoja ginebra para olvidarme un poco de lo que ocurre a mi alrededor, que es como despreciarme sin querer saberlo. Cuando cierra el bar y me marcho, suelo bañarme de madrugada en el mar o en la piscina, muy tarde, cuando la luna ya ha ardido, y las adolescentes vomitan hasta vaciarse al borde de una tumba con la tierra fresca.

domingo, 2 de noviembre de 2014

LA MALDITÍSIMA TRINIDAD


Leonardo es idiota, Ferdinand está loco y yo escribo poesía y relatos. Todo el mundo nos conoce y sabe que somos los rechazados: solo unos mendigos, unos parias a los que se les puede gritar e insultar allá por donde pasen sin mayores consecuencias. La verdad es que no tenemos donde caernos muertos y, cuando nos echaron de casa, nos dedicamos a vagar por ahí: primero en las aceras y los parques de la ciudad, y después por pequeños barrios o pueblos al borde del monte o del mar, junto a los malpaíses o los secarrales y bajo el sol cuantioso o la abundante noche.
No somos bien recibidos en ningún sitio y nadie confía en nosotros. Antes de darnos una oportunidad, ya nos han hecho a un lado como monstruos grotescos en su parada, en su margen inerte. No hacemos preguntas, no nos interesan las razones; simplemente ocurre y nada más. Nadie soporta la estupidez aunque sea estúpido, ni la literatura si es demasiado buena o difícil. La locura es condenada por incomprensible y caótica, por imprevisible y por su nula rentabilidad. Somos la simple prueba de los errores de Dios. No dudo de que no tenemos futuro y ninguno sabe dónde estaremos mañana. La libertad es un infierno apenas soportable porque el ser humano no está acostumbrado a ella y la teme como al fuego o a la muerte.
No somos menos representativos de este mundo que aquellos que nos desprecian; tampoco somos menos nobles o menos inútiles: nuestra perdición es la diferencia, la rareza. Como seres humanos, como animales vivos, creo que merecemos el derecho a la vida y un poco de respeto; pero se dice que han contratado a unos matones para que acaben con nosotros. Nadie nos cree ni nos necesita. Tengo miedo del lugar donde pasaremos la próxima noche. Delante de nosotros solo vemos piedras y polvo y los muros de una antigua fábrica abandonada. Quizá mañana no abramos los ojos.